Mi lavavajillas smart lleva 8 meses parado esperando que la empresa que hace valer la garantía del producto consiga el repuesto. Seguramente muy pronto tendré en funcionamiento este equipo, lo que si seguirá igual es la conexión a Internet por medio de WiFi, misma que siempre ha sido muy complicado de conectar y de mantenerla conectada (la conexión). Esta agrega una función mínima como avisarme por medio de un mensaje en mi smartphone, que el ciclo de lavado ha finalizado o que el nivel del abrillantador está bajo. Pagué dinero extra por un producto que no aporta nada, y que es evidente que es muy delicado y seguramente no me va a durar tanto como mi equipo anterior que era completamente mecánico y “tonto”.
Si a eso le sumo que hace unas tres semanas, la nevera de una amiga dejó de enfriar correctamente. No por un fallo mecánico del compresor ni por una fuga de refrigerante, sino porque el firmware había quedado desactualizado y el servidor que gestionaba las “funciones inteligentes” del aparato había entrado en mantenimiento sin previo aviso. Cuando finalmente conseguió que un técnico viniera a revisarla, me comentó que la miró con una mezcla de resignación y hartazgo antes de decirle: “Esto es lo que pasa cuando le ponen WiFi a todo”.
Bienvenidos al Internet de las Cosas doméstico, ese ecosistema donde fabricantes compiten ferozmente por conectar cada superficie plana de nuestra casa a la nube, prometiendo revoluciones que nadie solicitó y creando dependencias que nadie imaginó.
El absurdo conectado
La promesa inicial del hogar inteligente tenía cierta lógica: termostatos que aprenden nuestros horarios para ahorrar energía, cerraduras que pueden abrirse remotamente si un familiar necesita entrar en emergencia, sistemas de iluminación que se adaptan al ciclo circadiano. Funciones con utilidad tangible, casos de uso claros. Pero 10 años despues de comprar mi primer parlante inteligente, éste es más tonto que nunca, a pesar de las recientes actualizaciones de la app y de la incorporación de IA.

Es que en algún momento del camino, la industria perdió el rumbo. Hoy tenemos cepillos de dientes que reportan patrones de cepillado a servidores en la nube, cafeteras que exigen conexión constante para funcionar (no hablemos de las impresoras, eso es otro universo), básculas de baño que suben tu peso a la nube antes de mostrártelo en pantalla, y sí, neveras que necesitan actualizaciones de software para mantener fría la leche.
Por cierto, estuve en la presentación hace un par de años de un cepillo de dientes portenciado con IA, y la gran sorpresa fue que la mayoria de los que estaban ahí conmigo opiniaban lo mismo que yo estaba pensando, que no solo no eran necesarias ningunos de los nuevos beneficios; era solo subirse al boom de IA solo para terminar no usando esas funciones, al igual que sucede en muchos de los autos más modernos.
También mi bascula inteligente, que a pesar que soy una persona que ingiere muchos líquidos por problemas de calculos en los riñones, nunca logré que no memostrara que no estoy deshidratado, porque no lo estoy. Cada vez que me subo, en el reporte me dice que estoy deshidratado, creo que solo dos veces no me dijo nada en cuanto al apartado de hidratación.
Es que el problema no es la tecnología en sí misma, sino la compulsión de los fabricantes por añadir conectividad donde no aporta valor real. Es una carrera armamentista absurda donde la métrica de éxito parece ser cuántos dispositivos puedes conectar, no cuántos problemas reales puedes resolver.
Cuando lo inteligente se vuelve estúpido
Las consecuencias de esta fiebre conectiva están empezando a manifestarse de formas cada vez más evidentes. Electrodomésticos perfectamente funcionales desde el punto de vista mecánico se convierten en chatarra electrónica porque el fabricante decidió discontinuar el soporte de la app o cerrar los servidores que gestionaban sus funciones.
Un ejemplo paradigmático: en 2022, LG anunció que dejaría de dar soporte a varios modelos de lavadoras inteligentes lanzadas apenas cuatro años antes (por cierto, mi lavagillas es de esa marca). Los aparatos seguían lavando ropa perfectamente, pero perdieron todas las funciones smart: programación remota, notificaciones de finalización, diagnósticos de fallos. Los consumidores (yo incluído) pagaron(mos) un sobreprecio por características que el fabricante decidió (o deicidirá) unilateralmente eliminar.
Luego está el problema de la fragmentación. Compras un asistente de voz de Amazon, pero resulta que tu termostato solo funciona con el ecosistema de Google, mientras que tus bombillas inteligentes necesitan el hub de Philips y tu cerradura smart exige la app propietaria de su fabricante. Tu y mi hogar inteligente termina siendo un campo de batalla de incompatibilidades donde cada dispositivo vive en su isla digital, y ni hablar si de pronto, para continuar usándolo, necesitas un serivicio de suscripción.

Foto de Jakub Zerdzicki (Pexels).
Toda esta problematica del exceso de tecnología y del internet en todas partes, es la parte previa para llegar al apartado de seguridad. Cada dispositivo IoT es una puerta potencial a tu red doméstica. Muchos fabricantes lanzan productos con protocolos de seguridad deficientes, contraseñas por defecto fáciles de vulnerar y actualizaciones de seguridad irregulares o inexistentes. Tu cafetera (si, digo tu porque no tengo cafetera conectada al WiFi) conectada puede convertirse en el vector de ataque que comprometa toda tu red.
El costo oculto de la dependencia
Pero quizás el problema más insidioso es la dependencia arquitectónica que estamos construyendo. y es que cuando un electrodoméstico requiere conexión constante a servidores del fabricante para realizar funciones básicas, estamos cediendo control sobre objetos que pagamos y que deberían ser nuestros.
Esta arquitectura centralizada tiene consecuencias prácticas inmediatas. Si tu proveedor de internet tiene una caída, tu casa se vuelve menos funcional. Si el fabricante decide cambiar su modelo de negocio y empieza a cobrar suscripciones mensuales por funciones que antes eran gratuitas, tienes pocas opciones. Si la empresa quiebra o es adquirida por otra que decide cerrar sus servicios IoT, tus dispositivos pueden quedar parcial o totalmente inoperables.
No es ciencia ficción. Ya ha pasado con termostatos Nest de primera generación, con sistemas de iluminación de empresas absorbidas por competidores, con cerraduras inteligentes de startups que cerraron operaciones. En cada caso, los consumidores descubrieron que habían comprado hardware que dependía críticamente de servicios que resultaron ser efímeros.
La falsa innovación
Lo más frustrante de esta situación es que gran parte de esta conectividad es teatro de innovación. Los fabricantes necesitan justificar márgenes de precio más altos y diferenciarse en mercados commoditizados, así que añaden conectividad y la mercadean como revolución tecnológica.
Pero pregúntale a cualquier usuario real: ¿cuántos usan regularmente las funciones smart de sus electrodomésticos? Estudios de mercado sugieren que tras las primeras semanas de novedad, la mayoría de propietarios de dispositivos IoT domésticos dejan de usar activamente las funciones conectadas (como el caso del cepillo de dientes con IA que les comenté más arriba). La novedad inicial de precalentar el horno desde el trabajo se desvanece cuando descubres que es más rápido y confiable hacerlo manualmente al llegar a casa.
Peor aún, muchas de estas funciones inteligentes podrían implementarse localmente, sin necesidad de servidores en la nube (como nos quicieron hacer creer que los autos autónomos necesitaban 5G, ven la contradicción, autonomia pero dependian de la covertura 5G). Un termostato puede aprender patrones y ajustarse automáticamente sin enviar datos a servidores remotos. Una cafetera puede programarse mediante Bluetooth directo sin intermediación de apps propietarias. Una lavadora puede notificarte cuando termina usando tu red local, no la infraestructura del fabricante y la verdad, es que en la practica me resulta más util cuando la lavada finaliza el ciclo de lavado escuchar la alarma sonora que ver la el viaso en el aprtado sobre saturado de notifiaciones de mi smartphone.
El tema es que implementar funciones locales no genera datos valiosos para monetizar, no crea ecosistemas cerrados que capturen clientes, no permite transiciones futuras a modelos de suscripción. Así que los fabricantes eligen arquitecturas centralizadas que los benefician a ellos, no a los usuarios.
Hacia un estándar mínimo decente
La situación no tiene por qué ser así. Necesitamos urgentemente que las autoridades de consumo establezcan estándares mínimos para dispositivos IoT domésticos (nunca antes me había sentido tan desportegido con todos los organismos que tiene que defendernos a nosotros, los consumidos).
Primero, funcionalidad offline obligatoria. Cualquier electrodoméstico debe poder realizar todas sus funciones básicas sin conexión a internet. Una nevera debe enfriar sin WiFi, una lavadora debe lavar sin app, un horno debe cocinar sin servidores remotos. La conectividad puede añadir conveniencia, pero nunca debe ser requisito para la operación fundamental.
Segundo, interoperabilidad. Los dispositivos deben adherirse a protocolos abiertos que permitan integración con múltiples ecosistemas. El emergente estándar Matter (*) es un paso en la dirección correcta, pero necesita adopción obligatoria y enforcement real. Un consumidor no debería tener que consultar tablas de compatibilidad antes de comprar una bombilla inteligente.
Tercero, soporte garantizado. Los fabricantes deben comprometerse legalmente a mantener funcionalidad durante períodos mínimos proporcionales a la vida útil esperada del producto. Si vendes una lavadora con vida útil de 15 años, no puedes cerrar sus servidores a los cinco. Y cuando llegue el fin del soporte, debe haber planes de transición claros hacia operación local o interoperable.
Cuarto, transparencia de dependencias. Las etiquetas de productos deben indicar claramente qué funciones requieren conexión constante, qué datos se recopilan, dónde se almacenan y qué pasa si los servidores se discontinúan. Aunque paresca tonto decirlos, los consumidores tienen derecho a tomar decisiones informadas.
Quinto, control del usuario. Los propietarios deben poder exportar sus datos, configurar dispositivos localmente y, cuando sea técnicamente posible, flashear firmware alternativo una vez expirado el soporte del fabricante. Si yo pagué por el hardware, debería tener derechos reales sobre él.
El derecho a electrodomésticos tontos
Quizás más fundamentalmente, necesitamos preservar el derecho a comprar versiones no conectadas de productos esenciales. No todos queremos que nuestra nevera tenga dirección IP. No todos necesitamos que nuestro microondas participe en el Internet de las Cosas. Y definitivamente no todos queremos que nuestros electrodomésticos dependan de la solvencia financiera a largo plazo de startups o de decisiones corporativas sobre qué servicios mantener activos.
La tecnología debería empoderarnos, no crear nuevas vulnerabilidades y dependencias. El hogar inteligente puede tener sentido cuando está diseñado desde las necesidades reales del usuario, no desde las fantasías de maximización de datos de los fabricantes.
Hasta que la industria madure y las regulaciones impongan límites sensatos, quizás la decisión más inteligente que podemos tomar es, paradójicamente, seguir comprando electrodomésticos tontos. Al menos sabemos que seguirán funcionando dentro de cinco años.

El Internet de las cosas o IoT (por sus siglas en inglés). Imagen ilustrativa de equipos.
Foto de Jakub Zerdzicki (Pexels).
Tu nevera no necesita estar en internet. Tu tostadora no necesita actualizaciones de firmware. Y definitivamente, tu báscula de baño no necesita una cuenta de usuario.
Es hora de que consumidores, reguladores y diseñadores con principios recuperemos el sentido común en el diseño de productos. La tecnología está para servir a las personas, no al revés. Y un electrodoméstico que simplemente funciona, sin dramas digitales ni dependencias de servidores remotos, es infinitamente más inteligente que cualquier cosa que requiera WiFi para cumplir su propósito básico.
(*) Matter es un protocolo de conectividad unificado para dispositivos de hogar inteligente, lanzado oficialmente en octubre de 2022. Fue desarrollado por la Connectivity Standards Alliance (CSA), un consorcio que incluye a gigantes tecnológicos como Apple, Google, Amazon, Samsung y cientos de otras empresas.
Foto: Kavala, Greece – Altavoz Gris Redondo Sobre Tablero Marrón (Pexels)